domingo, 15 de marzo de 2020

El medio es el mensaje


(Acerca de la coronapsicosis)

El experto comunicador Marshall Mc Luhan inventó esta magistral frase hace ya varias décadas, buscando demostrar qué la influencia de los medios masivos en la sociedad no se da tanto por sus contenidos -que ya de por sí tienen peso propio-, si no por la omnipresencia de la tecnología en nuestro devenir cotidiano. O dicho de otro modo: no importa tanto lo que te digan; allí estarán, todo el tiempo, para contártelo y ello modificará tu vida.

El tratamiento de los medios a la pandemia del coronavirus le vuelve a dar la razón al viejo McLuhan. Por varias razones:

- Saturación de los temas de agenda. Todo el tiempo, a toda hora, en todos lados, te hablan de lo mismo. Hoy el coronavirus, ayer (no tan lejos en el tiempo) la posibilidad de una tercera guerra mundial por el conflicto entre Irán y USA. Y sigue la lista infinita.

-Esos temas, además de saturarlos, se magnifican. Acá no hay lugar para la paciencia ni el razonamiento. Primero está el impacto, lo grandilocuente y la exageración. Así se da paso a emociones como el miedo, la conmoción y la sorpresa. El resultado: quedar atrapado.

- Los medios tienen y repiten sus formas (o fórmulas). Y no hablamos de sus portavoces, los periodistas, que pueden tener algunos matices entre sí. Eso es secundario. Los medios masivos, todos y sin excepción, respetan una lógica: llamar la mayor atención posible. Desde el uso de sus imágenes, los videograph (esas frases impunes que se colocan al pie de la pantalla), los sonidos, las opiniones, etc. Podes o no informarte. Podes o no conocer mejor un tema. Lo que no podes, es ser indiferente a lo que te transmiten los medios. Para eso, hay que llamar la atención mediante el “show and shock”. Afuera la razón, bienvenida la narración permanente.

- Dijimos que Mc Luhan no pone el foco en los mensajes, o sea los contenidos en sí. Pero el uso del lenguaje resulta muy importante para sostener la estructura mediática. Por un lado el lenguaje oral y escrito: que digo, con qué tono y a qué velocidad. La desinformación (fakenews), el grito y la rapidez son premisas. Poco se ve y se escucha de especialistas, con tono amable y a ritmo pausado para entender el fondo de la cuestión. Eso no garpa y es obsoleto en comparación con la polémica permanente, la imposición violenta de la palabra y la economía del lenguaje a un ritmo voraz.
Otro lenguaje, el audiovisual, es tan o más potente. Porque define en una selección de imágenes, combinadas con audios y testimonios, la perspectiva de las cosas. Y otra vez, el objetivo es dejarte boquiabierto, shockeado y en pánico. No reflexionar, solo sentir.

Al fin de cuentas los mensajes son el decorado, aunque no son casuales ni ingenuos.
Aún con todo su poder, los medios corren detrás de la realidad social y de los interés políticos y económicos. Nosotros (la sociedad) y ellos (los poderes reales) disputamos la realidad. Los medios no. Pero su poder está en las formas, en las lógicas mediáticas que imponen y en su legitimidad (cada vez más discutida). “Lo dijeron en la tele”, “lo vi en las redes” se repite como muletillas.

Para salir de este laberinto, algunos proponen el apagón. Buena solución terapéutica, pero muy poco posible. Otros, el consumo responsable de los medios, lo que implica mucha educación sobre este tema. Interesante propuesta a largo plazo que necesita una fuerte voluntad política. Y también está la opción de construir nuestros propios medios y mensajes, lo que requiere no solo competir con los grandes tiburones (de hecho algo muy complicado, Ley de Medios como ejemplo) sino fundamentalmente modificar lógicas y sentidos.
Todas son propuestas válidas, pero incompletas, si no atacamos el problema de fondo: nuestro modo de vivir y pensar, atorados por la inmediatez, desbordados por el consumo inútil e infelices por la insatisfacción de no alcanzar lo que nos prometen, dejando de lado las verdaderas prioridades.
Solo si nos atrevemos a hacer esta revolución personal y colectiva, los Medios dejarán de ser el centro de la escena para ocupar el verdadero lugar que les toca en la historia: simples mensajeros de nuestras decisiones.


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