Cultura

ALEJO
Por Fabián Domínguez



ilustración de Mercedes Domínguez



Me extendió la mano como si fuera un adulto. A los siete años, Alejo siempre actuaba como un mayor. Lo conocí en la esquina de casa, Unión y Murature, al borde de la zanja que abarcaba toda la calle, como una laguna. Miraba con atención el charco esperando que saliera un sapo a cantar y que inflara el buche para meterle un hondazo. Teníamos cinco años y ninguno iba al jardín de infantes.

─ ¿Querés que saquemos renacuajos? ─ me dijo como si nos conociéramos desde siempre.

─ ¿Con la mano? ─ le seguí el juego.

─ No boludo, tenés que traer una jarra de tu casa ─ Volví corriendo con una lata vacía de durazno y pasamos la tarde sacando bichitos negros que sacudían la cola. Ya estaba oscureciendo; él se fue y me dijo que me llevara los pescaditos.

─ Mamá, mirá lo que pesqué ─ entré gritando a casa.

─ ¿De dónde sacaste eso? ─ Cuando dije que lo conseguí en la zanja arrojó el recipiente al patio y cientos de renacuajos se retorcieron en el barro mientras un sapito saltaba a esconderse entre los pastos. Esa noche me broté, con miles de granitos de agua. Mi vieja me dijo que era alergia a la mugre en la que jugué toda la tarde. Al otro día la mamá de Mirta le dijo que no se preocupara, era una varicela leve.

 

***

 

Mirta era mi vecina y jugábamos todos los días. Tampoco la mandaban al jardín; decían que era muy lejos. Había que patear un lodazal y nuestras madres estaban muy ocupadas. El tango dice “Pompeya y más allá / la inundación” y tardé en darme cuenta que el poeta hablaba de las calles de mi primera infancia. En Villa Caraza, Lanús Oeste, las calles estaban siempre inundadas, se chapaleaban cuadras para salir a comprar o trabajar, incluso en meses de sequía. Allí viví la despedida más dolorosa de mi vida. 

 


Nací en la provincia de Corrientes, pero una lluvia inundó la cosecha y empujó a la familia al Gran Buenos Aires. Soy nacido allá pero malcriado acá. Mirta era santiagueña, sus padres escuchaban chacarera a todo volumen y a veces a Leo Dan. Mi mamá no la quería mucho porque jugaba a la pelota de manera brutal, pateaba tan fuerte que me dolía cuando me impactaba. Podaron los sauces del fondo de casa, al lado del baño de chapa negra, y ella se subió a los árboles, se colgó como un mono y se tiró una y otra vez sobre las ramas podadas que formaban un colchón. Yo la imitaba. “Es muy machona”, decía mi mamá. Yo no sabía si eso era bueno o malo.


Alejo venía seguido, a cazar sapos. Siempre me preguntaba si alguna vez pesque algún tiburón, que su papá los pescaba en el Riachuelo. No sabía si creerle. Vivía a seis cuadras, pero del otro lado de las vías, que era como decir del otro lado del mundo. Morocho, pelo lacio y cara seria, a veces metía miedo. Solo sonreía cuando festejaba sus propias travesuras pero se ponía muy serio cuando decía alguna mentira grande, como cuando me contó que le regalaron globos y que con ellos voló sobre la ciudad. En su casa no se acumulaba agua, la calle era de asfalto. Después de tanto venir nos hicimos amigos y me dijo que le gustaba Mirta, que le había dado un beso pero ella se enojó. Solo sonreí, no me importó porque nunca me fijé en ella como mujer. Para mí era una compañera de juegos que además me invitaba a ver la tele, la única de la cuadra.

 

Ella tenía seis y yo cinco, y fue la primera mujer que me mostró lo que tenía debajo de la bombacha, mejor dicho lo que no tenía. A veces jugábamos en la vereda de enfrente, calle inundada de por medio, en una casa a medio hacer, con las paredes desnudas, con un techo de madera, aunque faltaba colocar puertas y ventanas. Una mañana, jugando solos, me dio ganas de hacer pis y quise ir hasta mi casa.

 

─ Hace en la pieza de al lado ─ dijo Mirta Mi baño me daba miedo, una vez vi un murciélago y también una rata, así que le hice caso. Con pantalones cortos fue fácil sacar el pito.

─ ¿Vos también haces parado? ─ escuché la voz de Mirta detrás. Se acercó y me miró.

─ ¿Vos cómo hacés? ─ le contesté, apurado para guardar.

─ Yo me siento porque no tengo como vos ─ me contestó, a la vez que se subió la pollera y se bajó la bombacha para mostrarme. No tenía nada y me sorprendió.

─ ¿Te duele? ─ le pregunté.

─ No tonto, cómo me va a doler. Los varones tienen pito y las mujeres, concha. ¿No sabías?

─ Si sabía, pero me olvidé.

 

***

 

Una tarde, cansados de los sapos, con Alejo jugábamos a la bolita y me dijo que quería ser novio de mi hermana. No entendí qué me quiso decir y no pregunté porque me tocaba a mí y quería ganar. Vino el verano y no volvió más por mi cuadra, viajo a visitar familiares a una provincia que no me acuerdo. Nos reencontramos en la entrada de la escuela, el primer día de clase.

 

Ir al colegio era una fiesta para mí y no entendía a mis compañeros que lloraban abrazados a sus padres. Pasamos el gran portón de rejas del Colegio Juan XXIII, nos recibió una maestra, ordenó la formación delante de la capilla y nos llevó al aula, al fondo de un pasillo. Con Alejo nos abrazamos como viejos amigos y nos sentamos juntos. Me preguntó por Mirta, le dije que también empezó, pero a la mañana.

 

Los de los grados grandes, que se pasaban el recreo en el patio que daba a nuestra aula, nos asustaban al revelar que el salón contiguo al nuestro estaba cerrado con llave porque ahí se ahorcó una maestra y que, si mirábamos por la cerradura, se podía ver que la mujer permanecía colgada. Mi temor era tan grande que apenas salía al recreo me iba al patio de adelante. Alejo, que tenía su hermano mayor en quinto, un día me llevó hasta el salón maldito, y me hizo ver por la cerradura.

 

─ ¿Qué ves?

─ Un escritorio, una silla y un pizarrón ─ le respondí.

─ Lo de la mujer colgada es mentira, lo dicen porque no quieren que usemos el patio.

 

***

 

Ale jugaba con los más grandes y me presentaba como su amigo. Siempre andábamos juntos y sentía que con él no me podía pasar nada. Era inquieto, molestaba a las chicas y a veces nos organizaba en el recreo para empujarlas mientras ellas jugaban a la soga o al elástico. Una vez una de las chicas se cayó al piso y vi que era una compañera que me gustaba.

 

─ A la de flequillo no la molesten. Es mi novia ─ grité. Alejo me miró y se rió. Vino donde estaba y me preguntó quien era. Le señalé a la más petisita del grupo.

 

─ La conozco, vive en la cuadra de mi casa. Yo te hago gancho y vos me haces gancho con Mirta ─ me guiñó y volvió al ataque.

 

***

 

Nuestra maestra de primero era una chica muy joven, iba a la escuela de minifalda y tenía granitos en la cara. Nunca levantaba la voz, era atenta con todos. Creo que hacía alguna preferencia con las chicas pero a los varones nos trataba bien, aunque a ninguno nos ponía diez. Alejo se burlaba de ella por la cantidad de granitos.

 

─ Eso no es viruela, eso le sale “pornoco” ─ me decía y se moría de risa. Yo me reía con él, pero no sabía porqué. Una tarde llovió mucho y fueron pocos chicos. Ella nos dio tarea y pasó por los bancos para corregir. Cuando llegó cerca nuestro Alejo chocó su pierna con la mía. Lo miré y me señaló a la maestra. Ella estaba de espalda y no entendí. Miré a Ale que se agachó un poco, y miraba debajo del guardapolvo de ella, que era apenas más largo que su mini. La señorita se había agachado tanto que al darme vuelta vi su bombachita celeste y me dio mucha vergüenza. Alejo se tapaba la boca para que no se escuchara su carcajada.

 

─ Mirta tiene una del mismo color ─ recordé en voz alta. Alejo se puso serio de repente pero no dijo nada.

 

***

 

A la salida del colegio, Ale siempre se iba con los de quinto y su hermano a cazar pajaritos o a jugar a la pelota en las Siete Canchas, cerca del Riachuelo. Al otro día no traía la tarea y yo le prestaba mis trabajos. Como nos sentábamos juntos puedo decir que era muy inteligente. Cuando quise resistirme a prestarle me sorprendió.

 

─ Era una pavada Ale, ¿por qué no la hiciste?

─ Fuimos al Riachuelo a buscar anguilas para comer y volví a casa de noche.

─ ¿Estabas cansado?

─ No, yo no me canso. Pero la vela la usó mi mamá para iluminar la cocina, después cenamos y nos mandó a dormir. No quiere que gastemos la única vela para toda la semana, hasta que le pague la patrona y compre un paquete.

 

***

 

Cuando mi papá llegó con la novedad de un trabajo mejor y una casa más cómoda no entendí. Dijo que nos mudábamos y que él iba a estar en casa siempre. En esa época era vareador en el Hipódromo de Palermo y lo veíamos cada tres o cuatro días porque decía que quedaba muy lejos. Me puse contento porque nos veríamos todos los días y además me prometió que la casa nueva no se iba a inundar nunca. Dijo que el barrio era muy lindo, que había muchos chicos, que pasaban dos líneas de colectivo y que el asfalto estaba en la esquina. El nuevo lugar se llamaba San Isidro y quedaba muy lejos de Villa Caraza. Fue una charla extensa, para lo poco que nos veíamos y el escaso dialogo que teníamos. 

 

─ Nos vamos en las vacaciones de invierno y no volvemos más.

─ ¿Y la escuela?

─ Allá la escuela queda cerca.

 

Tuve una sensación agridulce. Escuchar de una casa que nunca se inundaba me ilusionaba, pero me ponía triste separarme de mi amigo.

 



El primer viernes de julio de 1973 salimos del colegio y le dije a Alejo que camináramos hasta la vía, que le tenía que decir algo. Ese día los de quinto iban al centro de Caraza pero él se quedó conmigo. En el camino le dije que me mudaba. Frunció el ceño y me preguntó si me iba lejos. Le dije que no volvería más. Terminé de decir la frase y se me cerró la garganta, caí en la cuenta que tampoco vería a la petisa de flequillo.

 

─ Uhhh, que cagada ─ dijo en voz baja. Seguimos caminando una cuadra en silencio, hasta que llegamos al punto donde nos separábamos, junto a las vías del tren. Me miró y sus ojos brillaban.

 

─ No voy a ver más a Mirta.

─ ¿Por qué? La podés visitar, aunque no te pueda hacer gancho con mi vecina ─ La cara se le iluminó cuando supo que no era mi hermana. Extendió el brazo para darme la mano, como si fuera un adulto, pero yo lo abracé, le di un beso y le dije que lo iba a extrañar. A los siete años Alejo siempre actuaba como un mayor, pero esa vez me miró y sonrió. Teníamos los ojos vidriosos, no estábamos contentos. Me alejé pensando que era el día más triste de mi vida.






El largo brazo del cinismo
Por Fabián Domínguez

IlUSTRACIÓN: Mercedes Domínguez


El policía avanza entre la multitud. Lleva anteojos oscuros, viste uniforme y va a ayudar a un compañero. Una mujer se lo cruza, le empieza a gritar y amenaza con pegarle. El oficial se saca los lentes, y cargado de furia no sabe si dar media vuelta y evadirla o pegarle un cachetazo para que se calme y pare de gritar. Alrededor otras mujeres se suman para increparle que no las dejan avanzar hasta su objetivo, y entre ellas un grupo de fotógrafos que no paran de disparar. Cuando la que le gritaba empieza a pegarle en el pecho, el uniformado decide abrazarla para inmovilizarla y neutralizar la agresión. Los fotógrafos inmortalizan el momento. 


La foto del policía abrazando a una Madre de Plaza de Mayo fue tapa del diario Clarín del 6 de octubre de 1982, con una imagen en tamaño inusitado acompañada del título: “Pacífica concentración en el centro”. El día anterior, los diarios informaban que la Marcha por la Vida estaba prohibida por la dictadura y Clarín colocó, por primera vez en una volanta de tapa, la palabra desaparecidos. El 7 de octubre, el mismo diario, en el editorial que siempre es pura letras e ideas, llevaba en el centro la foto en cuestión bajo el título “Más allá de las palabras”. El escriba oficial del Gran Diario Argentino interpretó que el abrazo del oficial de la Federal era una mezcla de “acto de servicio y actitud humanitaria”. En realidad la foto hay que verla en la secuencia que sacó el fotógrafo Marcela Ranea, de la agencia DyN, donde se ve al policía peleándose con Nora Cortiñas, primero, y Susana de Leguía, después. Esta última es la que resulta abrazada para ahogar sus palabras, reclamos y reproches contra el oficial que no les permitía avanzar en la marcha.

 

─ Esta foto no fue trucada, pero no representa la realidad ─ nos dijo Cora Gamarnik a los cursantes de la Maestría en Historia Contemporánea de la  Universidad Nacional General Sarmiento (UNGS). Ella me confirmó algo que intuía desde que trabajaba en el diario La Hoja de San Miguel: en la investigación, las fotos son tan valiosas como las palabras. Las imágenes no son meras ilustraciones distractivas; y Gamarnik venía a decir lo valiosas que son como método para registrar la historia. Con ella supe la historia detrás de la foto del policía y la Madre: en realidad era un abrazo cargado de cinismo, en el que la Madre no estaba siendo protegida ni había un rasgo humanitario en el gesto del oficial.

 

***

 

El 31 de mayo pasado, en plena cuarentena, se recordó la primera marcha de las Madres de Plaza de Mayo. Justo ese día estaba viendo el archivo de Clarín, las fotos de Raena y otras que reflejaban la Marcha por la Vida. Un compañero de Florencio Varela, Guillermo Cuco Ñañez, me contó que estuvo en esa marcha, que fue muy emotiva, que acompañaron todos los organismos de derechos humanos, que hubo mucha represión, con los caballos acechando en cada esquina. 

 

─ Me impactó tanto marchar ese día que escribí un poema, y fray Antonio Puigjané se lo dio a Hebe de Bonafini. Se publicó en un libro que editaron las Madres ─ contó Ñañez. 

 

Fui a los archivos y confirmé que se trató de impedir la movilización. Leí los nombres de quienes empujaron para que se realizara y los detalles de esa marcha por calles laterales, perseguida, reprimida, y con toda la voluntad castrense para que no se acercara a la Casa Rosada. El relato final de Cuco me permitió entender la emoción de mi amigo al finalizar aquella jornada. Ahora no solo sabía la historia de la foto, sino lo impactante que fue esa marcha de 1982.


***

 

Reynaldo Benito Bignone siempre quiso mostrarse democrático, aperturista y como “el último presidente de facto”. Sin embargo sus gestiones en distintos ámbitos estaban acorde al espíritu genocida de sus predecesores. Como cuando fue director del Colegio Militar, de donde desaparecieron soldados bajo su mando. Su gestión como dictador estuvo a la altura de los otros genocidas, por eso no sorprende su actitud en octubre de 1982. 

 

El día anterior a la marcha convocada por organismos de derechos humanos, Bignone se reunió con el general Llamil Reston, Ministro del Interior. La decisión fue prohibir la Marcha por la Vida y un largo comunicado, firmado por Reston, no dudó en acusar a una de las entidades convocantes como de “madres de delincuentes terroristas”. 

La marcha no se suspendió. A media tarde se reunieron algunos de los convocantes en Libertad al 200, sede del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos. Sacerdotes tercermundistas, los obispos Jorge Novak y Jaime de Nevares, algunos pastores evangélicos como Federico Pagura estaban allí y salieron rumbo a avenida de Mayo, junto al premio Nobel de la Paz y titular del Serpaj, Adolfo Pérez Esquivel y algunas Madres de Plaza de Mayo. Caminaron 300 metros y, al doblar en la avenida de Mayo, desplegaron un largo cartel que decía “Marcha por la vida”; se sumaron más participantes. A las 17 hs. llegaron a Lima, cruzaron 9 de Julio y la manifestación superó los 3000 participantes. Restaba un trayecto de cinco cuadras para llegar a la Plaza de Mayo y desconcentrarse. Pero la caminata se transformó en una odisea de casi dos kilómetros, con manifestantes que no dudaron en empujar para llegar a la  Plaza y 800 policías que, durante más de tres horas, trataron de impedir que la manifestación se acercara al centro histórico del país. “Con vida los llevaron, con vida los queremos”; “los desaparecidos, que digan donde están”; “a los presos, libertad”; “se va acabar, se va acabar, la dictadura militar”, eran algunos de los cantitos que retumbaban en las calles bordeadas de edificios.

 

En avenida de Mayo y Tacuarí, el comisario Humberto Domínguez se presentó a los organizadores y les dijo que, si doblaban por Tacuarí hasta Belgrano, no iban a reprimir y podía dejarlos entrar a la Plaza por una calle lateral. Los manifestantes no tuvieron opción porque la ruta de acceso estaba cortada con carros de asalto y un cuerpo de la policía montada. Mientras tanto la manifestación iba creciendo en cantidad, y ya sobre avenida Belgrano superaban las 5.000 personas. La tensión con la policía se sentía en el aire, y en la esquina de Diagonal Sur, los de uniforme azul se dieron el gusto de salir a golpear montados en sus caballos, reprimiendo el intento de algunos de encarar para llegar a la Plaza. Como era de rigor, los jinetes no temieron enfrentarse y topetear con sus caballos a las mujeres del pañuelo blanco que se juntaron para resistir la embestida de la caballería. Un grupo de jóvenes y algunos fotógrafos corrieron a auxiliarlas, con la multitud repudiando a los jinetes de bastones negros. La marcha siguió por Belgrano, y en cada esquina los manifestantes intentaban doblar a la izquierda para llegar al objetivo, a esa altura la multitud superaba los 10.000 manifestantes. Por fin llegaron a Paseo Colón y, al tratar de doblar a la izquierda, el oficial Domínguez se acerca a Pérez Esquivel para decirles que el Ministro del Interior le ordenó que no deje llegar a nadie a Plaza de Mayo.



El comisario Domínguez ofreció dejar pasar una delegación de las Madres y otras organizaciones para que entreguen el petitorio en Casa de Gobierno.

 

─ No tenemos ningún petitorio. No podemos parar a la gente. Si no vamos todos, no va nadie ─ le responde una de las Madres. En eso, apareció el comisario Carlos Enrique Gallone, con uniforme y anteojos oscuros, que quiere dispersar la marcha en medio de la tensión. El premio Nobel se da cuenta que la represión es inminente, que los caballos y las tanquetas están por todas partes, que hay muchos policías de civil infiltrados, que puede haber muchos detenidos, heridos y hasta muertos. Pero a su vez ve muchos periodistas y sabe que ya son noticia, y lograron el objetivo a pesar que no los dejan avanzar más.

 

─ La marcha estaba prohibida y salió en todos los diario. Tuvimos mucha tolerancia. No quisiera cargar con mis efectivos ─ amenazó Domínguez.

 

─ ¿Tolerancia? Esperamos seis años y nunca recibimos respuestas sobre nuestros desaparecidos ─ reclamó una Madre. Al lado, Nora Cortiñas estaba discutiendo con Gallone quien se sacó los anteojos ante el diálogo tan ríspido. Otra Madre, Susana de Leguía, se le puso enfrente al policía, le gritó con angustia, se largó a llorar y le golpeó el pecho. El fotógrafo Jorge Sánchez captó la escena de los golpes y la ira contenida del oficial, quien no sabe si golpearla o salir del centro de la escena. Por fin optó por abrazarla para ahogar los gritos de la mujer. Al lado, Nora Cortiñas lo putea y le ordena que la suelte. La escena no es solitaria sino que hay otras madres, manifestantes y fotógrafos que observan todo con atención. Marcelo Ranea, que siguió y fotografió la secuencia, estaba seguro que ya tenía la foto del día y se fue a la agencia DyN.

 

En eso, Pérez Esquivel, con un megáfono y en andas de un manifestante, habló a la multitud. Explicó que no podían avanzar. Propuso hacer una sentada y cantar el Himno, antes de desconcentrarse. De a poco se calmaron los ánimos. Muchos se sentaron, otros permanecieron de pie, cantaron el himno y empezó la desconcentración custodiada por policías a caballo, con carros de asalto en cada esquina.


Al otro día, el diario Clarín publicó por primera vez en tapa una foto de las Madres de Plaza de Mayo. La imagen ocupa más de un cuarto de tapa, y aparece Gallone abrazando a una mujer con su pañuelo blanco, bajo el título: “Pacífica concentración en el centro”.

 

La foto de Raena fue tapa de diarios internacionales como El País de España o El Excelsior de México, New York Times de EE.UU., y ganó el premio Rey de España. Hasta ese momento nadie sabía de la participación del comisario Gallone en la Masacre de Fátima y el mismo oficial estaba tranquilo porque el expediente estaba archivado desde marzo de 1977. La matanza ocurrió el 20 de junio de 1976 cuando, desde Coordinación Federal. Un grupo de oficiales llevaron treinta detenidos-desaparecidos a un descampado del distrito de Pilar, los ejecutaron con un tiro en la cabeza y los dinamitaron. Los cuerpos fueron enterrados en el cementerio de Derqui y muchos años mas tarde el Equipo Argentino de Antropología Forense logró la identificación de veinticinco de esos restos.

 

Un mes después de la Marcha por la Vida, el 10 de noviembre de 1982, el juez federal Orlando Gallo reabrió la causa a pedido de la madre de un soldado desaparecido. El efecto dominó se activo, las piezas cayeron de a poco, se derrumbó el gobierno militar, pasaron más de media docena de gobiernos civiles, el calendario desgranó tres décadas y por fin el Comisario que apretó contra su pecho a una Madre de Plaza de Mayo se sentó en el banquillo de los acusados.

 

─ Me acusan, culpa de la foto que salió en el diario. Esa foto fue mi condena ─ fue el alegato de Gallone durante el juicio. El 18 de julio de 2008 el Comisario Inspector fue condenado a prisión perpetua por el asesinato masivo en Pilar, junto a otros cómplices que aun viven, como el policía Juan Carlos Lapuyole. A los jefes que ordenaron o apañaron la masacre los benefició la muerte antes del juicio




Cuento del vecino de Bella Vista Enrique Emiliani (seudónimo El Tehuelche) finalista del XVI Concurso Literario "Gonzalo Rojas Pizarro" de la región del Biobío (Chile)

DESTINO

Ya tenés edad para empezar, le dijo su madre aquella noche con un tono imperativo que no dejaba margen para resistir; y, como si hubiera intuido un gesto de disgusto en su rostro agregó: tu hermana empezó a tu edad; dice él que mañana te puedo llevar.
Dudó. No se atrevió siquiera a mirarla de reojo, le asustaba y a la vez le entristecía ese rostro percudido de penurias, esa mirada que parecía ausente y muerta de sentimientos. Terminó de secar los cubiertos, dejó el repasador sobre la mesada, y tentada estuvo de alzar las pilchas que tenía para, en la oscuridad de esa noche de otoño, llegarse hasta la terminal y subirse al primer micro que saliese con rumbo al lugar más lejano que pudiera encontrar. Irse, como su hermana Jésica, cuando el año anterior su madre le había anunciado lo que parecía ser el destino inevitable de las chicas de esa casa desde que, muerto su papá, la miseria nunca se había alejado de la puerta de ese rancho de chapas levantado a un centenar de metros de la ribera del Río Uruguay.
Pero no. Volvió sobre sus pasos, corrió la cortina que separaba la cocina de su pieza, y se deslizó con pasos mudos para no despertar a sus tres hermanos pequeños que dormían sobre el camastro. Casi como suspendida en el aire se sentó junto a ellos y lloró. Lloró con tristeza, con rabia. Recordó aquél tiempo un tanto borroso en su memoria, cuando se alegraban al ver regresar a su papá del trabajo, y como él sonreía mientras repartía afectos y dulces. Lloró y alzó los ojos al cielorraso para decirle a Dios de su enojo, si es que era cierto, como decía su abuela, que existía un Dios. Luego se recostó, y se durmió apenas consolada por la tibieza que se desprendía del sueño de sus hermanos.
No recuerda si aquella noche soñó; pero sí su despertar. La mano de su madre zamarreándola. Dale despertate que son más de las diez, así le decía. Date una ducha, vestite con esto que te dejo acá. Cuando estés lista vení a comer algo antes de ir. 
Vio las várices de las piernas de su madre desaparecer tras la cortina, escuchó el sonido de una taza vacía sobre la mesa, se sentó en el camastro, corrió la sábana para cubrir la escualidez de sus hermanos, y recordó que lo poco que comían se debía al dinero que su hermana mayor, Mariela, les enviaba cada semana desde la lejana Paraná. 
Resignada cumplió cada paso ordenado por su madre. En silencio, enfrentada a ella en la mesa de la cocina, sorbió despacio el caldo que le había preparado. Para no oírle reproche alguno, mojó en el caldo, y comió, el pedazo de pan que estaba junto a la taza. 
Al salir a la calle la estremeció una ráfaga de tierra y viento que llegaba desde el río y cargada de frío pasaba por la puerta de su casa y se perdía calle arriba camino del centro del pueblo. Se alisó con una mano la pollera corta heredada de su hermana Jésica. Con la otra se acomodó una musculosa que era más bien de verano, pero que su madre le recomendó que se pusiera, sólo con un saquito de hilo encima. Para que llames la atención del Ruso, volvió a repetirle mientras comenzaba a caminar delante de ella.
No sabía cuántas eran las cuadras, pero sí que eran muchas. La estremeció la idea de tener que pasar por el centro de la ciudad, él único lugar dónde parecía que no podía golpear la pobreza que se había adueñado del pueblo. Entonces se animó a decirle al Dios de su abuela que por favor no se cruzaran con Miguel, su compañero de escuela, ese chico con el que se habían enamorado y que desde hacía un año era el único dueño de sus sueños y sus besos; besos fugaces robados en las tímidas noches de las primeras fiestas de quince en el pueblo. Pero lo vio de lejos, cuando ella y su madre cruzaban la plaza principal. Por un instante pensó en correr hasta él y contarle; pero mejor no, pensó, que podría hacer Miguel. Bajó la cabeza, hundió la mirada en las baldosas de la plaza, y la densa humedad de sus ojos le impidió ver que Miguel se detenía, sorprendido las miraba, cambiaba el rumbo que lo llevaba hacía la carnicería de su padre, y comenzaba discreto a seguirlas detrás.  
El Ruso estaba en la puerta de la vieja casona; las esperara. Lo vio desde el otro lado de la ruta. Lo conocía de nombre y de verlo sólo una vez, cuando Jésica le pidió que la acompañara a la terminal el día que se escapó, pero antes quiso llevarla hasta allí para, escondidas entre los camiones estacionados en el parador, poder mostrárselo al Ruso y decirle ves, es ese, un hijo de puta. Y desde ese día se le grabó en la memoria la angustia que retumbaba en la voz de Jesica, el agobio que le provocó la inmensidad de los camiones ruteros, y el cuerpo del Ruso recortado contra el marco de la puerta de entrada a la casona.
Su madre la tomó de la mano cuando cruzaron la ruta y ella quiso pero no pudo recordar cuando había sido la última vez. La soltó ni bien el Ruso las vio acercarse. Sintió que él la miraba de arriba abajo, como si la pesara, como si la midiera. Ellos cruzaron un par de buenos días. Sin decirle que entrara, el hombre le recordó a su madre como era el asunto del porcentaje; algunas cosas de la higiene; para que usted se quede tranquila señora, así le dijo; y agregó: usted ya sabe porque su otra piba, la Mariela, anda muy bien en el boliche de Paraná; no se preocupe entoncess, déjela, la voy a llevar despacito para que se acostumbre y se le quiten las timideces; mañana temprano se la mando de vuelta para la casa; recuerde, son dos días de franco y uno de atención; más adelante vemos. 
A la casona no entró hasta que el Ruso se lo ordenó. Antes de cruzar el umbral giró para ver si su madre la miraba; pero no, la vio alejarse calle abajo por el otro lado de la ruta, gacha la cabeza, rendida la espalda, esquivo el andar. 
En el interior de la casona le costó el equilibrio de los primeros pasos, hasta que sus ojos se hicieron a la penumbra. Sintió la mano del Ruso sobre su hombro, guiándola por un pasillo estrecho que conducía hacía los fondos. Acá es tu pieza, le dijo; hace la cama, abrí la ventana para ventilar. En un rato te traigo algo para que comas; después te pones esa bata que está sobre la silla, abajo nada; quédate descalza, recostada en la cama, y cuando golpeen abrís, sonreís y ya sabés; tu hermana Mariela te habrá explicado. No quiero quejas, le dijo, cuándo volvió para retirarle la bandeja de plástico que antes le había dejado con un poco guiso.
No recuerda cuanto tiempo pasó hasta que sintió dos golpes breves en la puerta, pero debía ser de noche porque afuera estaba oscuro. Recordó las órdenes del Ruso, bajó de la cama y abrió. No se animó a mirar, caminó hasta la cama, se tendió boca arriba y esperó sin saber. El hombre apagó la luz del techo pero no la del velador, se desnudó de espaldas. Apenas se animó a mirarle el vello negro, y la estremeció el grosor de sus glúteos y sus muslos. Tembló cuando giró y la miró, no era el Ruso, pero qué importaba quién. Cerró los ojos y sintió como con las manos le abría la bata de par en par, y con sus dedos comenzaba a tocarla, arriba y abajo, con torpeza. No quiso ver cuando se reclinaba para acostarse, pero lo supo porque sintió como se quejaban del peso los elásticos de la cama. Cuando él se posó sobre ella, le pidió a su abuela que le dijera a su Dios que viniera a salvarla, o que al menos le ahorrara todos los dolores que pudiera. 
Sintió el inicio, brutal por el frío y el desamor. Se propuso desterrar de su memoria todo rastro que pudiera marcarle ese desconocido que comenzaba a hamacarse. Aferró sus manos al borde de hierro de la cabecera de la cama para aguantar el empuje final destructor, alcanzó a escuchar el chirrido de la puerta y un par de pasos saltando sobre la cama. Con miedo abrió sus ojos y vio los del hombre, que parecían saltarse de las órbitas, y oyó como de la boca dejaba escapar un sordo gemido. Después vio los brazos de Miguel arrojándolo al suelo, en una de sus manos una cuchilla, la otra tendida hacia la suya, y que en sus ojos se confundían el terror y el amor. De su voz escuchó sólo una palabra, vamos. Una que a ella le parecieron todas las voces, la de su padre, su abuela, la de Miguel y la de Dios.

El Tehuelche






Pedrito, campeón de Del Viso
Por Fabián Domínguez




Ilustraciones de Mercedes Domínguez


Pedro dice que la mejor pizza del mundo se come en la esquina de Ruta 26 e Independencia. Nos conocimos en ese lugar. Él pidió una gaseosa y yo una cerveza, además de la muzzarella ponderada. Me contó que Miguel, su papá, llegó de Tucumán en 1973. Vivían en Benjamín Aráoz, un pueblo de menos de 500 habitantes, pero el viejo viajaba todo el tiempo: era peón golondrina. Se enganchaba en todas las cosechas: la zafra, en Tucumán; la vendimia, en Mendoza; la manzana, en Río Negro; las papas, en Balcarce; las naranjas, en Corrientes. La cosecha de algodón en Chaco fue la más fructífera y rica: conoció a su mujer. Pero a pesar de tanto trabajo el dinero no alcanzaba y, harto de masticar pena, dio un golpe de timón y tanteó Buenos Aires. Le fue bien como peón de albañil. Consiguió un terreno en un barrio de Del Viso, levantó una casilla y trajo a los suyos. Fanático del box, una tarde consiguió dos pares de guantes para probar a sus hijos.[1]


Llegó más tarde que de costumbre cuando el sol se ocultaba detrás del campo que la Sociedad Rural tenía en el barrio Los Cachorros. En esos días abundaban los baldíos alrededor de la esquina de Las Magnolias y Los Jazmines. Miguel Décima abrió el portón de alambre tejido y los perros salieron a saludarlo. Entró a la casilla de madera y llamó a sus dos hijos varones.

 

– Vamos al patio – dijo con autoridad y sin saludar. Estaba ansioso. Los chicos se miraron sin recordar si esa tarde habían hondeado pajaritos en la Ruta 26, se habían guardado un vuelto del almacén para comprar figuritas, o si habían roto el vidrio de alguna ventana. Cuando salieron al patio vieron que su padre sacaba de su bolso rojo dos pares de guantes negros de box. 

 

– ¿Les gusta? Pónganselos… que van a boxear – Los pibes obedecieron fascinados y ni se los ataron que ya se tiraban golpes. Miguel les ajustó los guantes y los chicos jugaron un rato hasta que los detuvo y les propuso hacer una pelea en serio, ahí mismo, de dos minutos.

 

– Al que gana lo anoto en el gimnasio y al otro mañana lo llevo de paseo a Capital, a la obra – prometió. Los chicos querían seguir jugando sin saber que el resultado marcaría su futuro. Y otra vez los guantes negros volaban sin dirección, una derecha chocaba contra el cuerpo que resistía, una izquierda contraatacaba como podía, una lluvia de puños hacían molinete como un metegol, pero sin llegar a destino. Se los notaba cansados, hasta que el relámpago de una zurda tiró al más chico al piso.

 

– Listo, terminó. Vos venís a pasear conmigo mañana – le dijo Miguel al hijo que estaba a punto de llorar, tirado y dolorido en su orgullo.


Paul Banke tanteaba el camino a su rincón como un ciego frente al mar. Las tribunas del estadio Inglewood no le prestaban atención, vitoreaban y aplaudían al nuevo campeón mundial.[2] Mientras su entrenador le desataba los guantes, en la noche fría del 5 de noviembre de 1990, Pedro recordó la pelea fraterna de su infancia. Con las manos libres se persignó y recordó las dos promesas, a la Virgen de Luján y al Gauchito Gil. Con su sonrisa provinciana y sobria frenaba el llanto al recordar las palabras de don Miguel aquella tarde de Los Cachorros: “Vas a cumplir mi sueño: serás campeón mundial”.


***

El boxeo tomó la vida de Pedro Décima quien dejó los estudios de lado para pelear. Si él fuera universitario, sería un nerd, un tipo disciplinado y estudioso. Pero fue boxeador, disciplinado, estudioso y respetuoso de las consignas del entrenamiento. Lo mandaban a correr y allá iba, por las calles del barrio o a la vera de la Panamericana. Tenía que hacer sombra y lo hacía como si estuviera en un combate verdadero. Hacía guantes y trataba de sacar los mejores movimientos. Cuando tuvo que cuidar el peso hacía una dieta estricta. No salía a bailar de noche ni tomaba alcohol. Y salió a pelear. Su estilo era muy técnico, casi la perfección. No buscaba la piña salvadora, sino que usaba sus puños demoledores. Poco a poco horadaba el cuerpo del rival hasta aplicar la trompada justa. Ni más potente ni más bestial que otras, solo la mano justa, la que dejaba a su víctima rezando de rodillas o besando la lona. Si sus rivales no entrenaron, o pensaban que con un estilo callejero se lo podían llevar por delante, se frustraban al conocer el puño que con la primera estocada, corta y precisa, los dejaba dolidos.[3] 

 

Como todo hombre, Pedro tenía secretos. En medio de la charla me reveló su único defecto: los miércoles faltaba al gimnasio. Un día su entrenador llegó desde Almagro porque lo contrataron de urgencia para una pelea en Mar del Plata. Golpeó la puerta de la casa y le dijeron que estaba en el Highland Park. Los miércoles, en el country más selecto de la Argentina, se encontraban los caddies, los alcanza palos y pelotas, para despuntar el vicio en la cancha de golf, jugar y divertirse. Pedro era boxeador y caddie, amaba el golf y no faltaba nunca a los encuentros de los miércoles. Hoy, a treinta años de ganar el campeonato mundial de box, es capaz de quedarse despierto hasta la madrugada viendo largos y tediosos torneos de golf. Cada fin de semana asiste de manera religiosa a Ing. Maschwitz y, como si fuera un miércoles de su adolescencia, saca los palos y recorre el césped.

 

Pedro fue campeón mundial de una sola defensa, un rayo en la oscuridad. Dejó el box a los 30 años porque necesitaba llevar comida a su familia y entró como operario a una fábrica de Pacheco. Llega siempre temprano y no falta. Una sola vez faltó a una cita, y fue después del título.

 

– ¿Qué hiciste al volver a la Argentina como campeón?

– Tenía una cita de honor. Fui caminando a Luján, a cumplir mi promesa.

– ¿Y conociste Corrientes, para cumplir con el Gauchito Gil? – Me mira y no contesta. Se atraganta con la pizza, toma un sorbo de gaseosa y por fin responde.

– No. Esa promesa no la cumplí.[4]






NOTAS


    [1] Los entrenadores de Ing. Maschwitz lo vieron muy nene y buscaron que antes de pelear aprendiera la técnica: sacar las manos, caminar el ring, esquivar los golpes. La pelea callejera es la violencia pura, en cambio el box es el arte de esgrimir con los puños, con inteligencia. En colectivo, con un bolsito donde llevaba sus ropas y sus guantes, trajinó por los gimnasios del Luna Park, Almagro Boxing Club, Argentinos de Del Viso y, alguna vez, el Unión. Como amateur fue campeón de todo. En 1984, con veinte años, representó a la Argentina en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Gano dos peleas y llegó a cuartos de final.
 
  [2] Como profesional Pedro ganó todo y se quedó con el título nacional en 1987. En octubre defendió la corona con éxito. Tito Lectoure, su manager, se preocupó porque nadie quería pelear contra su pupilo así que lo llevó a EEUU donde estaban los principales campeones de la época. Compartió gimnasios con Hearns, Leonard, Mano de Piedra Durán y Mike Tyson, pero siempre admiró a Carlos Monzón. Pasó del Palacio de los Deportes de Corrientes y Bouchard al ring del Caesar Palace en Las Vegas, donde ganó cada pelea. Hasta que llegó el desafío por el campeonato mundial.
 
  [3] En 1990 nadie discutía que Pedro merecía el premio Olimpia en box, pero ¿quién se merecía el de oro? Gabriela Sabattini en tenis, Diego Maradona en futbol, Sergio Goycochea (el arquero que llevó a la Argentina a la final del mundial de Italia) eran los grandes candidatos. Los periodistas deportivos votaron a Pedro Décima como el mejor deportista de la Argentina.
 
  [4] La única defensa del título fue en el invierno japonés, contra Kiyoshi Hatanaka. La pelea fue intensa, el defensor del cinturón cayó muchas veces, pero se repuso y siguió peleando. Hatanaka golpeó, Pedro golpeó más, pero ninguno cedía. La última caída del campeón fue casi al final, se puso de pie, escuchó la cuenta de protección pero no pudo levantar sus brazos y ahí termino todo. Esa noche golpeó tanto que al llegar al país tuvieron que operarle la mano rota.









Cultura. Fabio Mosquito Sancineto habla sobre la situación actual de la cultura: ¿Por qué nos generan ciertas esperanzas, con propuestas de subsidios?

Por Fabio Mosquito Sancineto, Resumen Latinoamericano, 6 de julio 2020.

A ver, quiero o voy a intentar ser claro.
La propuesta de subsidiar a 15.000 personas, con un beneficio o «premio» económico, convengamos que estaría correcto, en circunstancias mas normales.
Bien.
También creo que toda colaboración económica es un hecho que se hace forzoso hoy realizarlo,
porque las economías personales se derrumbaron,
y atraviesan a todas las condiciones sociales y profesionales.
En el caso de la Cultura y el Arte,
quienes formamos parte, sabemos en qué lugar muy complicado nos encontramos.
Y de un modo,
injusto y contradictorio, ¿verdad?
¿Cuando nos dicen que somos tan importantes, porque la cultura es identidad, movimiento, aporte, educación, libertad, lucha, blablabla,
etc., etc., etc.,
y nos halagan como factores de trascendencia dentro de toda sociedad,
cuando nos manifestamos generadores de obvia transformación,
por qué entonces nos destierran al último eslabón?
Y hablo de la Cultura, en su amplio abanico de creación.
Advierto que excluyo la burocracia,
elemento vetusto y hostil,
también metida en la política cultural, que para nada descomprime, sino que acciona casi como obstáculo.
Y me pregunto
¿Por qué nos generan ciertas esperanzas, con propuestas de subsidios?
¿Para qué inventan estas formalidades desde las instituciones, cuando solo son dirigidas hacia unos pocos?
¿Es que aquellas personas que sean elegidas o «seleccionadas», son diferentes, mejores, privilegiadas?
Y quienes quedamos afuera, por ejemplo por recibir el IFE,
¿somos otra especie, inferiores,
merecemos como castigo quedar afuera?
¿Y quiénes son las personas que toman esas decisiones, las de decidir a éste si, a aquel no?
¿Por qué?
¿Cuál es la base de opinión?
¿Por qué quienes solo se sientan en una oficina con aire acondicionado, cómodos,
subrayados como esenciales,
o a través de una reunión de zoom,
son los que pretenden saber lo que nuestros cuerpos necesitan?
Ellos y ellas, funcionaries en este caso del Fondo Nacional de las Artes, ¿tienen la experiencia previa de lo que quieren nuestras manos, pies, bocas y ojos ???
¿Pasaron hambre?
¿Saben lo que es formar parte de un colectivo dónde el trabajo ya ni existe,
Donde las oportunidades son postergaciones,
Donde una élite involuntaria, es la que tiene trabajo,
y otra más audaz ,
son los y las que se armaron sus kioscos hace tiempo ya,
y pasan los gobiernos,
y viven siempre de todos los subsidios habidos y por haber???
¿Saben lo que es poner el cuerpo originando movidas de contención, y estar en las trincheras llevando ese alimento a otros compañeros y compañeras???
¿Se les cayó el techo del baño encima?
¿O ni tienen para pagar facturas básicas?
¿Deben 97mil pesos de expensas,
de arrastres complicados,
que ya nacieron durante los peores 4 años de nuestra Democracia,
dónde el macrismo hirió casi de muerte nuestras existencias laborales,
y hoy la Pandemia pasa la guadaña???
Entonces, hay que llenar formularios otra vez,
y decir quién sos,
como te llamas,
que edad tenés, qué haces,
presentar currículum,
presentar proyectos,
aceptar además que vas a devolverlo con tu trabajo, clases, funciones,
que sé yo,
¿pintar paredes, limpiar los baños del FNA también entra???
Y otra vez tener que explicar quienes somos.
Desde el que recién comienza,
como el que lleva décadas trabajando y reinventándose porque se ama ésta identidad.
Si tienen ganas de ayudar, entonces que sea a todes por igual.
¿No pueden?
¿Tienen que elegir?
Entonces no lo hagan.
Abran las puertas, pongan mesas y sirvan comida.
Y escuchen directamente de las bocas de los que hacemos cultura,
que precisamos,
que proyectos concretos creamos,
conozcan lo que hacemos,
y sepan de nuestros rostros en directo.
Así evitamos la fotito del dni.
Y otra,
¿por qué aparece solo una lista de documentos, sin nombres, de las personas beneficiadas en la primera vuelta???
¿No tenemos derecho de saberlo???
Muy burgués académico frío todo.
Aquí no hay carne.
Es beneficencia.
Y yo aprendí que la beneficencia es acción corrompida,
y exclusivamente de los oligarcas.
Creo que cuando todo pase,
muchas instituciones deben ser transformadas,
como se transformaron nuestras vidas.
Tengo muchas preguntas.
También cuestionamientos.
Muchas.






El eslabón perdido del rock. Tanguito: cuando la leyenda supera al artista
 

Ilustradora: Mercedes Dominguez @dlet.eforever
Por Fabián Domínguez


La espera fue inútil. Los músicos se encontraron en el estudio de grabación pero el protagonista de la sesión no apareció. Corría el año 1970, y Claudio Gabis (guitarra) junto a Alejandro Medina (bajo) esperaron en vano. A la siguiente cita, el músico que esperaban, José Alberto Iglesias, tampoco asistió y la grabación se frustró de nuevo. En la tercera cita, los dos músicos, que además eran integrantes del grupo Manal, decidieron no ir al estudio. Los que concurrían a "La Cueva" conocían a Iglesias, llamado "Tanguito" por sus amigos, sabían de su informalidad y su indisciplina, pero eso no impidió que por talento y capacidad creativa el muchacho fuera tentado a grabar sus canciones.

Los músicos de Manal grabaron varios "larga duración" (LP), imponiendo una manera porteña de entender el blues, con la impronta que supo tallar Javier Martínez, el baterista, voz negra y mentor del trío. Tanguito era uno de los tantos hippies que circulaban por la época, pero no se dedicaba a las artesanías, sino a la música, y a veces se hacía llamar "Ramsés", "Donovan" o el apelativo que se le ocurriera, y no era un potro fácil de domesticar. Si siempre se entendió al rock como la música de la contracultura, "Tanguito" era el músico antisistema, inofensivo pero rebelde, ingenuo pero molesto, por lo que la gente formal y cortés lo consideraba peligroso.

En realidad Iglesias estuvo antes en otros estudios de grabación, pero cuando le ofrecieron grabar un disco con el sello "Mandioca", liberado a la hora de elegir temas y músicos, pidió grabar con sus amigos. Luego del fracaso de las dos primeras citas, el músico concurrió al tercer encuentro, pero dos de sus amigos que lo acompañarían no fueron. Tango llegó con su guitarra, "Carlota", muy entusiasmado y en la sala estaba Javier Martínez, quien apenas lo vio se le ocurrió meterlo al estudio y aprovechar esas horas que estaban contratadas. El baterista promovió la captura de un material crudo y potente, que más adelante podrían trabajar con arreglos, acompañamientos y otras artesanías sonoras de estudio. A la vez estuvo siempre consciente que si no se lograba llevar a Iglesias al estudio, por lo menos generaba un documento que registraba pinceladas del artista. Despeinado, con un jean ajustado, una camisa oscura y desabrochada hasta el pecho, Tanguito entró con su guitarra criolla como única compañía. Cantó "Natural", "El despertar de un refugio atómico", "Jinete", entre otras canciones.


La canción de Palito

"El taxi lo paga Almendra", dijo Tango, a la vez que bajó del taxi empuñando su guitarra y sin pagar. El taxista, enfurecido lo siguió y golpeó la puerta de la casa de Bajo Belgrano donde entró el muchacho. Salió el padre de Luis Alberto Spinetta, y pagó. Tanguito no lo hacía de amarrete, sino por bohemio, por ser desinteresado con el dinero, porque entendía que no había que pagar para vivir.

José Alberto Iglesias es el eslabón perdido entre Ramón Bautista Ortega y Luis Alberto Spinetta. Era un pibe de clase baja, del Gran Buenos Aires, un "cabecita negra" en el sentido literal y simbólico de la palabra, un afrodescendiente que vivía en Caseros y que fundó el rock en la Argentina junto a otros muchachos. En la adolescencia iba a bailar con sus amigos del Oeste y se destacaba del resto por su estilo, por eso cada vez que iban a la fiesta de algún club le decían: "bailate un tanguito". De ahí su apodo, que lo llevó siempre, aunque en algún momento empezó a mutar por otros, como "Donovan" o "Ramsés". Era la época del "Club del Clan", a inicios de la década de 1960, uno de los personajes, Raúl Cobián, se hacía llamar "Tanguito", y nuestro personaje no quería que lo confundieran.

Iglesias fue cantante de Los Dukes y grabó su primer simple en la primavera de 1963, para la compañía "Music Hall". En el lado B, estaba "Mi Pancha", un tema de su autoría; en el lado A, estaba "Decí por qué no querés", de Palito Ortega y Dino Ramos. ¿Es "Mi Pancha" el primer tema del rock nacional?

En México se desarrolló un rock en castellano muy simple, casi calcado de lo que se producía en Estados Unidos, con influencia muy marcada de Bill Halley y Elvis Presley. La banda emblema de aquella movida mexicana la encabezó Enrique Quique Guzmán con los Teen Tops, y esa influencia en Tango es indudable, por el ritmo, y por ciertos giros idiomáticos como cuando le dice "chamaca" a su amiga Pancha, o alienta con un "ráscale Robin" al guitarrista Roby Lack (Roberto Bengoechea). La historia que cuenta la canción es simple: un chico conoce a una chica en un baile y salen a bailar, aunque ella no sabe hacerlo.

Más allá de la entrada al circuito comercial con Los Dukes, Tanguito circulaba en el circuito underground que tenía como refugio principal "La Cueva", y que se complementaba con el bar "La Perla", en el barrio de Once. En ese ambiente conoció a Roberto Sánchez (Sandro), a los integrantes de Manal, a Litto Nebbia, Pajarito Zaguri, Moris, Pipo Lernoud, Miguel Abuelo, entre otros, en un clima muy vinculado con el hipismo, la vida libre, las discusiones filosóficas hasta altas horas de la madrugada y el naufragio por las calles porteñas hasta que saliera el sol. Las zapadas permitían experimentar, buscar un ritmo propio, un lenguaje auténtico que los identificara. Ese trabajo generacional lo hacen varios grupos, en Belgrano, en Rosario, en Quilmes, en Avellaneda y en el caso de "La Cueva" tuvo a Tanguito como uno de los exponentes que no llegó a grabar pero dejó su impronta.


El gesto fundador

La primera canción de éxito rotundo de la música joven argentina la compusieron sentados en el inodoro, con una guitarra criolla, dos pelilargos sacando acordes y poniéndole letras a sus sentimientos. Los dos eran músicos, cantantes y compositores, y juntos, hasta sin querer, encendieron la chispa.

- No pares la máquina, seguí que esta es una grabación documental - se regocijaba Javier Martínez, al ver tan fresco y lúcido a su amigo Tanguito en el estudio de grabación.

- ¿Qué tema vas a hacer con transporte?

- Un tema inédito.

- ¿Inédito? Si no tenés ningún tema editado - desafiaba Martínez a Iglesias.

No era fácil encontrarlo así, pues las horas que pasaba sin dormir, más las pastillas que consumía, sumado a su bohemia, hacía difícil que grabara en condiciones normales. En realidad, Tanguito tenía una serie de temas de su autoría grabados, aunque no le gustaba el resultado final. Además de ser co-autor con Litto Nebbia de la canción más vendida del incipiente rock argentino, venía grabando desde que tenía 18 años, siempre en busca de un sonido propio. El mismo Martínez, amigo personal, conocía las canciones, y eso quedó plasmado en el diálogo entre los dos:

- A ver con un tema comercial - bromeó Tanguito, mientras rasgueó la guitarra y rió.

- ¿Por qué no tocás "La balsa"? - le pide una tercera voz desde la cabina.

- No me hagas cantar eso, por favor - le responde Tango.

- Dijiste un tema comercial ¿no? Además es tuya "La balsa" - se vuelve a sumar Martínez.

- No, voy a cantar este…

- Además es tuya "La balsa".

- No, no tiene nada que ver…

- Lo compusiste vos, en el baño de "La Perla" de Once. En el baño de "La Perla" de Once compusiste "La balsa". En el baño de "La Perla" de Once compusiste "La balsa". En el baño de "La Perla" de Once compusiste "La balsa"-, insiste Martínez, mientras los primeros acordes suenan y Tanguito interpreta de mala gana su tema.

Pedro Pujó, amigo de Tanguito, contó que el bolero "La Barca", de José Feliciano, se escuchaba siempre en la casa de Caseros y que esa fue la inspiración de "La balsa". Más allá de la idea, alguna frase suelta y los primeros acordes, Tanguito no la terminó en el primer intento. Una madrugada en la que andaban naufragando por las calles adoquinadas Tanguito le comenta a Litto Nebbia que tiene un tema, pero no lo pudo terminar. Cuando llegaron al bar "La Perla" fueron directo al baño, porque entre las mesas no se podía tocar la guitarra ni hablar fuerte porque había muchos estudiantes de la universidad que enseguida reclamaban silencio, y además el baño de caballeros tenían muy buena acústica. Tango quería dejar plasmada esas caminatas sin rumbo por las calles de la ciudad, que ellos le decían "naufragar", momentos en que se contaban sus intimidades, sus proyectos, y comentaban películas, canciones y leían poemas, y le mostró a su compañero lo que tenía. Nebbia en ese momento estaba escuchando mucha música brasileña, bossa nova, que tenía una cadencia ideal para no levantar la voz y que nadie de la barra se enterara que ahí estaban haciendo música. "Chica de Ipanema" era lo que más le sonaba en la cabeza del músico rosarino y fue lo que influyó a la hora de agregar las nuevas partes a la estructura musical y a la letra. La canción quedó terminada en un rato, lo cantaron juntos y en ese momento apareció un mozo del bar que los echó del baño. Así, en mayo de 1967, nació "La balsa", que en junio fue grabada por Los Gatos, la banda de Nebbia, y en julio salió a la venta con un éxito descomunal para los primeros rockeros, 250.000 discos vendidos. En la oportunidad Tanguito firmó con otro pseudónimo: "Ramsés VII". Luego de "La Balsa", surgió el grupo Los Náufragos (Quique Villanueva y Pajarito Zaguri), que graba entre otros éxitos "Vuelvo a naufragar", que contiene la misma temática que la canción de Nebbia-Iglesias, pero más naif. El término "naufragar" era habitual en la época, como divagar por las calles con los amigos.




En los estudios

Por el éxito de "La balsa" lo convocaron a grabar, y así en octubre de 1967 realizó la grabación de doce temas, algunos de su autoría como "Lo inhumano", "Vociferando", "Sutilmente, a Susana". Se agregaban otros como "La historia de una muchacha" (Billy, el náufrago) (en co-autoría con Luis Costa, y un riff de guitarra que recuerda a "Cerca de la Revolución", que Charly García va a componer dos décadas después), "Amor de Primavera" (en co-autoría con Hernán Pujó), "Soldado" (Moris), "El hombre restante" (en co-autoría con Javier Martínez), "Yo no pretendo" (Moris). El disco, que apenas tiene la categoría de demo, sin arreglos y apenas con una guitarra, se mantuvo inédito más de cuarenta años.

Hacia 1968 Tanguito graba un simple como solista, incluyendo los temas "La princesa dorada" y "El hombre restante". El músico no quedó conforme porque en RCA le agregaron arreglos. Una orquesta, que dirigía Horacio "Malveta" Malvicino, mejora el tema de manera notable, pero Iglesias no estuvo de acuerdo cómo salió a la calle a difusión y venta. Malveta contó que recibió a Tanguito en su casa, quien entró de muy mal talante, con una herida en un brazo por lo que lo llevó a curar a un centro médico y de vuelta a su casa escucho las dos canciones en la voz del músico. Tomó apuntes de las notas y los tonos, días después recibió la grabación de la compañía y le agregó sus arreglos de violines, viola y chelo. "Siempre me quedé con la duda de si, al acompañarlo, no lo molestaba demasiado con la orquesta", dice a casi medio siglo de la grabación. Tanguito quedó atado por contrato a la RCA, y tardó en meterse en un estudio, aunque siguió creando. Jorge Álvarez, creador del sello "Mandioca", donde se grabaron muchos discos de aquellos primeros artistas del incipiente rock local, le ofreció grabar un disco. Y a pesar de los desencuentros con los músicos invitados, se logró una grabación fresca, auténtica, e inspirada. Ese mismo año, 1970, Álvarez publicó el compilado Pidamos peras a Mandioca, donde se incluyó uno de aquellos temas: "Natural".

Además del tema con Nebbia, compuso otras canciones con algunos de sus amigos de "La Cueva", y eso lo colocó en el centro de la movida musical de fines de la década de 1960. ¿Por qué no avanzó en su carrera musical? Está en el momento justo, con simples en la calle, con un éxito comercial, con una poesía arriesgada, pero no pega el salto. Los Manal grabaron sus discos; Moris no solo grabó sino que se casó y formó una familia; Nebbia no dejó de experimentar nuevas formas, estructuras musicales novedosas, y diversas formaciones. Pero él siguió naufragando, pegado a la rutina que había adquirido en "La Cueva" o en "La Perla", yendo de aquí para allá, regresando a veces a Caseros, a la casa familiar. Su manera hippie y anárquica, la vestimenta informal, un pelo largo y enrulado, además de su guitarra callejera, provocaba y molestaba a los cánones de la sociedad en la que gobernaba la dictadura del ultracatólico general Juan Carlos Onganía, donde eran reprimidos trabajadores portuarios, apaleados los universitarios y allanados los hoteles alojamientos. En ese ambiente agobiante, Tanguito fue detenido en varias oportunidades, siendo un habitué en algunas comisarías, detenido por tener pelo largo o vestirse de una manera distinta.


Un personaje de El Flaco

El padre de Tanguito era español, carpintero y, cuando vio que su hijo dejaba el Colegio La Merced, donde hacía el secundario, lo anotó para que aprendiera jardinería en el Botánico de Buenos Aires. Pero el muchacho estaba todo el tiempo con la guitarra, así que el viejo se ponía de pésimo humor cada vez que veía que vagaba todo el día, yendo aquí, allá y a todas partes, y no trabajaba. Pero más se enfurecía cuando llevaba a sus amigos, algunos hippies cordobeses, otros integrantes de una banda rosarina (Los Gatos).

"No quiero ni gatos ni perros, esto no es una sala de ensayos, se van afuera", decía el Gallego José apenas llegaba del trabajo. Y Los Gatos con Tanguito iban a tocar la guitarra al patio, en Caseros. Cuando caía la noche se encerraban en la pieza de "Ramsés", donde el sol los sorprendía entre charlas, música y sueños.

Juana, la madre, era una persona muy dulce, hija de una caboverdiana que dejó África para buscar un destino más venturoso en la Argentina. Su hijo heredó los rulos pequeños y negros, y la piel revelaba la negritud. Cada vez que los amigos de Tango llegaban a visitarlo ella les preguntaba si habían comido, y si era necesario cocinaba para la troupe. Ciro Fogliatta rescata esa dignidad de Tango de invitar a sus amigos a su casa, y la actitud de la madre como mujer pobre, honesta y dada, que los trataba a todos con mucho amor, y no dudaba en sacar hasta lo último que tenía para darles de comer a todos.

"El padre era bravo, estaba en desacuerdo con nuestras incursiones, y una vez me escondí debajo de la cama para que no me viera", recordó el tecladista de Los Gatos.

Tanguito tenía discos en su casa, y no siempre los compraba sino que los "expropiaba" para escucharlos, estudiarlos y sacar estilos, ideas e inspirarse. José Feliciano, fue un músico que admiraba, pero su modelo fue Donovan, a tal punto que el hombre de cristal de "Amor de Primavera" es el personaje de la "Balada del hombre de cristal" del cantante folk británico. Donovan, de neta influencia dylaniana, empezó a ser conocido a mediados de 1960, y luego de sus primeros discos fue arrestado por posesión de drogas. En EE.UU. realizó un recital con el escenario adornado con 2.000 flores, y lo ubicaron como líder del flower power.

El asiduo consumo de drogas de Tango truncó su capacidad compositiva y provocaron caídas en seccionales policiales. La revista Así, de enero de 1968, le realizó una nota que se tituló: "Tanguito, el rey de los hippies". Contó que él y sus compañeros eran víctimas de la persecución policial, y que de manera personal conocía al detalle las comisarías 15º, 17º y 19º. Luis Alberto Spinetta lo conoció mucho, lo recibía en su casa, y se desesperaba por la situación que vivía su amigo quien corría el riesgo de un síndrome de abstinencia, por lo que a veces se inyectaba: "estábamos en casa y muchas veces tenía que ayudarlo a picarse porque era terrible. Por ahí hasta era peor si no se picaba, porque se moría tanto como picándose".

El Flaco escribió, en 1970, una ópera para Almendra, que iba a ser el segundo disco del grupo. Situaciones internas impidieron que el proyecto se concretara, pero lo interesante es saber que en el guión figuraba Tanguito como uno de los protagonistas. En el primer acto un mago de agua llegaba a una ciudad en búsqueda de la pureza, y consulta a un niño sobre cómo hallarla.

"El niño le indica que debe hallar cinco trovadores, que por orden de aparición eran Litto Nebbia, Moris, Tango (Ramsés), Roque Narvaja y Javier Martínez, y el sexto, que está loco, Miguel Abuelo, el último trovador", cuenta Luis Alberto. La ópera fue archivada, y Tanguito fue encerrado en un neuropsiquiátrico, a instancias de la madre de una amiga que lo alojaba en Pueyrredón y Córdoba. La mujer, que trabajaba en toxicomanía, se lo sacó de encima de esa manera y fue la puerta fatal para el último naufragio. A algún uniformado coincidió en que el mejor tratamiento para las adicciones lo hacía el neuropsiquiátrico "Borda", y allá lo mandaron. En mayo de 1972 hubo quienes se enteraron que Tango se había escapado del “loquero”, pero a su vez supieron que él había muerto en un accidente poco claro cerca de la estación Palermo, en Puente Pacífico. El tren pertenecía a la línea San Martín, que conducía a la estación "Caseros", el lugar del músico.

Los que aman las comparaciones con lo europeo o lo estadounidense mencionan a Sid Barret, a Syd Vicius o a Jim Morrison como las almas gemelas de Tango desde lo fatal. En el Río de la Plata, desde la bohemia, podemos hacer un paralelismo con el uruguayo Eduardo Mateo, de Montevideo, poco interesados en las leyes del mercado. Algunas grabaciones del oriental recuerdan el clima que se vivía en el estudio con Tanguito. De todas maneras hay que reconocer que Mateo era muy cuidadoso de la música, consciente que sus grabaciones lo escuchaba un público, y no quería grabar cualquier cosa; en cambio el argentino era más desprolijo, pues tocaba igual en el estudio, en su dormitorio o en Plaza Francia.


El legado

De las dos grabaciones hechas por Tanguito, salió a la luz en 1973 la del sello "Mandioca". La tardanza de 3 años para difundir la mítica grabación fue por el contrato de Tango con la RCA, lo que no impidió que Jorge Álvarez lanzara el simple "Amor de primavera" y "La balsa", con Tango aún vivo. Fue así como Tanguito tuvo su propio disco pero nunca lo pudo disfrutar ya que se editó de manera póstuma.

Tango, el disco que grabó José Alberto Iglesias en 1970, editado en 1973, no es un proyecto elaborado sino apenas un demo, pero fue elegido entre los cincuenta discos más importantes de la historia del rock por más de 150 artistas encuestados por la revista Rolling Stone. Su recuerdo quedó como una leyenda, y en 1975 el trío Invisible, conducido por Luis Alberto Spinetta versionó "Amor de Primavera". Se redondeaba así un ciclo que unía a "Palito" Ortega, "El Flaco" Spinetta y Tanguito, marcando a fuego el vínculo entre la música comercial con el rock progresivo.

Tanguito no fue una estrella fugaz, que solo escribió la frase: "Estoy muy solo triste, acá,/ en este mundo de mierda". Citar solo esa frase es intentar opacar el resto de su obra, de sus intentos, de su trabajo por querer ser original, de su poesía, de su esfuerzo por pegar el salto de calidad. A los que les gusta estigmatizar a los jóvenes aceptan sin cuestionar la leyenda del hippie reventado, que se consume a través de diversos medios, y que la película Tango Feroz sintetiza, y a veces malversa, muy bien. Si nos quedamos en esa imagen del hippie, drogón, se está soslayando lo rico de esa historia, la del pibe morocho del conurbano que con una guitarra criolla inventó, junto a otros, un movimiento artístico que lo superó, lo supervivió y lo consagró como una de las figuras mitológicas.




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En tu 78° Aniversario nuevamente, mi humilde homenaje puesto tus pies Trujui de los mil misterios.

DE TRUJUI, DEL DOMINGO Y DEL OCASO

Veladamente, apremiado de luna tardía declina este domingo del Trujui gredoso.
Ni Borges, ni Herrera Reissig, ni Octavio Paz, ni Whitmam
Ninguno mi amigo, ninguno.
Tan tronador sol no asomó aquí para musa de poetas antologizados.

Aquí las musas fondearon Salguero, la Memoriosa, desde la sibilina y bruñida Ruta hacia el Fondo del anodino y plebiscitario fondo, y solo en busca de los cetrinos y evocadores poetas nacidos en los charcos anubarrados del Trujui habitual.

Brindo por ellos amigo mío, porque raídos de abolengo y con música de feria almorzaron nobleza sin decoros con sol de príncipes y menú de dignidad a la carta.

Y sin tender la mesa, sin folletones ni bajos manteles, con blasones de todos los días porque en el Trujui de la Santa María los poetas son gentiles enemigos de lo tácito y piadosos apóstoles del español fallido.
Trujui de las Vísperas sobrevivió otra vez al diluvio y refulge como Lázaro fuera del sepulcro.

Que fue.
Que otra vez fue, pero que igualmente brindo por el sol que restauró al hombre de estos bañados de la épica y zozobrante moral de los inmersos.
Y es sol de ciudad nueva amigo, sol que fulgura y resplandece sin el porte sacro ni la estética teologal de los autos perimetrados.

Que salud.
Que nuevamente salud.
Va éste por las viejas voces aún no disipadas que desprende la migrada nostalgia de los domingos por la tarde.

Que tenue y tardío, pero que luce de postal este sol cívico del Trujui alegórico y ciudadano.
Del Trujui aún sin racionar, en crudo y sin aderezos, tan desprovisto de gala como los vasos ocres y grumosos con los que se embriagan sus tímidos y retraídos poetas.

Oh, sus desastrados poetas! Esos fraternos barqueros en el río indescifrable de las palabras. Ellos que, con rango de hidalgos, mantienen inalterable su alcurnia y elevan aún más su desalineada aristocracia.

El de la lejanía, amigo mío, cuando no, que Trujui bebe nuevamente de ese trago.
Porque son esas mismas distancias las que lo abrevia y las que vuelven sobrada aunque insuficiente la vida de sus nuevos náufragos, los mismos que soslayados por la equidad y el espasmo de los probos se desplazan con dócil rebeldía a este lado de la vía.

Ni vulgar ni vasallo, apocado y cotidiano, pulsado de sol migrante nace y retoña Trujui, Trujui de la Santa María, según reza la nueva y enzarzada cartografía.

Empero, entre ecos de añejos brindis y rumores sin jerga, el ocaso le ofrece finalmente su ribera más umbría y juntos se extienden lentamente hacia el silencio.

Trujui es nuevamente nube incierta de las vísperas, aunque, por el hueco impenetrable de un segundo breve, demoró aún más la nubada frontera de otro presentido adiós.

Al fin, Trujui del sol arrebatado, se recuesta sobre el lecho púrpura de sus patios donde la tristeza se desangra pausadamente con la música inaudible de las ausencias.


JOSE Villalba





Cantor

Y me dices “mi cantor”.
Yo me digo que tal es tu grandeza
y que tal es tu amor por mi
que has confundido mi temeroso sigilo
con el arte de los trinos
y el murmullo de las aguas sonoras.

Ajeno al fluir silencioso de los arroyos lejanos,
ajeno al silbo cadencioso del viento en los altivos pinares,
señalado por el día que también me ofreces
vuelvo a oírte.

En medio de este cieno desolado y penitente
me pides que te cante.
Solo yo en medio de una calle rala
de un barrio que aún vaga errante
en la fronda abismal de sus días.

Mendigo de los cielos que exhalas
no esperaba del tiempo mas que su fluir raudo.
Pero vuelves a nombrarme, insistes,
pulsando aún mas mi latido agitado.

Mi cantor… mi cantor, murmuras evidente.
Yo, pendiente en mi mudez, me estremezco
deplorado lloro la angustia advirtiéndote
de mi ajado y raído cuerpo.

Apresadas surgen las lágrimas de mi voz.
Jamás podría cantarte en mi ánfora agrietada y seca.

Canta, canta reverbera tu voz de líquido amor

Es sobre mi hombro débil
donde rondan transidas y humanas mis lágrimas.

Allí apoyas tu mano de todos los siglos y todos los destinos
y me dices nuevamente gracias
gracias, por cantarme en la tarde que ha existido solo por tus lágrimas.

En la tarde tuya,
en las horas tuyas
en las ingentes eternidades tuyas
agradeces mis versos de signos desvaídos
y viejos abatimientos.

Pero me hablas y me ciñes a tu aliento.
Piel en mi piel ondeas melodioso
y me abrazas tiernamente cristalino.

Es al regazo de tu arrullo piadoso
cuando nítido puedo oírme.

Es entonces cuando en esta calle breve de oración basta,
vuelvo a oír la canción de mis sueños,
que ha regresado por mi
y me ha encontrado.

Mi voz es impulso y aire en el viento soleado
inquieto, desbordado por la blanca espuma de tu calma
puedo hablarte.
Y en la calle tuya,
en esta inexplorable inmediatez tuya,
verde venturoso
verde alborozado,
al fin puedo cantarte….

José Villalba

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